A la hora señalada, el espectro de Walter Scott surgió de su tumba en Dryburgh como todas las noches de luna llena. Vagó por el jardín solitario de la abadía como acostumbraba, imaginando situaciones e historias que habría escrito si hubiera dispuesto de un poco más de vida terrenal.
No era monótona su no-existencia: a veces recibía visitas de otros espectros, conocidos de los viejos tiempos con los que discutía amistosamente. Otras, sus propias creaciones venían a él para agradecer o maldecir el tratamiento que les había dado en sus novelas, llegando incluso a las manos: una noche los dos Rob Roy, el histórico y su personaje, se enzarzaron en un épico duelo por pequeñas diferencias. Scott y otros acompañantes se acomodaron entre las lápidas fumando sus pipas, mientras observaban a los dos tiradores, que se ejercitaron hasta el amanecer, ya que por mucho que acertaran no podían volver a morir.
Pero los reproches más amargos llegaban de su hijo más querido, Ivanhoe, especialmente desde que éste supiera de una esplendorosa sajona de ojos violeta, que había encarnado a la judía Rebeca en una cosa llamada cine. Pretendía cambiar el final de la historia y librarse así de la rubia sosa que tenía que aguantar para toda la eternidad, pero no podía ser: las palabras que no se lleva el viento permanecen en los libros para siempre.
No era monótona su no-existencia: a veces recibía visitas de otros espectros, conocidos de los viejos tiempos con los que discutía amistosamente. Otras, sus propias creaciones venían a él para agradecer o maldecir el tratamiento que les había dado en sus novelas, llegando incluso a las manos: una noche los dos Rob Roy, el histórico y su personaje, se enzarzaron en un épico duelo por pequeñas diferencias. Scott y otros acompañantes se acomodaron entre las lápidas fumando sus pipas, mientras observaban a los dos tiradores, que se ejercitaron hasta el amanecer, ya que por mucho que acertaran no podían volver a morir.
Pero los reproches más amargos llegaban de su hijo más querido, Ivanhoe, especialmente desde que éste supiera de una esplendorosa sajona de ojos violeta, que había encarnado a la judía Rebeca en una cosa llamada cine. Pretendía cambiar el final de la historia y librarse así de la rubia sosa que tenía que aguantar para toda la eternidad, pero no podía ser: las palabras que no se lleva el viento permanecen en los libros para siempre.

