
Si eres de aquellos con vocación de náufrago sabrás que puedes dejar una isla por dos vías: a la manera de los pájaros o de los delfines. Las dos son sustitutivas y aportan placeres y vivencias distintas. Dado que el componente de incertidumbre (la bonita palabra aventura va cayendo en desuso, hasta en el cine la sustituyen por acción) se ha minimizado lo suficiente en pos de la esclavizadora seguridad, la visión del pájaro suele ser la ganadora en los desplazamientos o escapadas, (por qué las llamarán así si nunca salen bien, siempre terminas volviendo a la prisión de tu cotidianeidad) pero a veces no queda otra que abandonar tierra firme como los hijos de Poseidón.
En tierras canarias el barco se convierte en una opción a considerar, bien para desplazarse entre islas o para surcar los mares en pos de destinos más lejanos, opción en el primer caso ha de ser tenida en cuenta por los no residentes, como podrán comprobar sus carteras a poco que den un salto entre islas. El barco se convierte así en protagonista del viaje, dejando de ser un simple medio de transporte. La forma del casco de las embarcaciones aporta sensaciones encontrada: el rápido catamarán puede convertirse en una tortura cuando el invisible mar de fondo campe a sus anchas por las praderas líquidas del Gran Azul. El tranquilo ferry te ofrecerá en esos momentos la arquitectura de su casco para mecerte mientras contemplas la mar.
En travesías a los continentes cercanos la duración excede el día, por lo que un enchufe cerca de la butaca será de gran ayuda sí no quieres desengancharte de tu droga digital favorita, aunque también existe las opción de plantearse como una prolongada sobremesa a la orilla del mar, o un largo aperitivo, una larga fiesta o simplemente ese libro que lleva demasiado tiempo esperando por ti en la mesilla de noche. Avisado quedas sí piensas que es como ir en un crucero, porque ese no es el viaje.

Al ponerse el sol es como sí descubrieras ese instante nuevamente y te unieras a los espíritus de todos los marinos que antaño contemplaron el espectáculo de su propia vida desde dentro. Los rayos de luz te atraviesan sin causarte daño, algún ave aportará sus propios sonidos a la fotografía que adorne la escena, a veces sonará la canción de tu vida y otras no habrá manera de huir de un lamentable chunda-chunda.
Considera que en un viaje por mar no hay concesión al tedio. El sacrificio del factor tiempo siempre estará bien empleado si tu disposición te acompaña. Recuerda que aunque seas pasajero, en un barco siempre hay algo que hacer, ese debe ser el espíritu que te acompañe en cubierta. No temas, habrás elegido bien. No hay que dudar de la inteligencia de los delfines...




























