
Huayna Picchu es al Camino del Inca lo que la catedral compostelana a la Ruta Jacobea: En ambos casos para aquellos que tienen la dicha de completarlos no se concibe la idea de abandonar esos lugares, Machu Picchu y Santiago de Compostela, sin haberlos pisado antes. Son la guinda del pastel que suponen esos viajes iniciáticos, de descubrimiento, mágicos y que hacen que mágico sea también el final de los mismos. Centrándonos esta vez en la ruta inca, el pico que aparece en todas las postales y que vemos en la foto de arriba corresponde al mencionado lugar.
Durante la ascensión regresan viejos conocidos: el río Urubamba, que ha acompañado una parte del camino y que hubo que superar en circunstancias azarosas, vuelve a aparecer esta vez empequeñecido por la altura. Al cruzarse con un grupo de los que bajan, del mismo sale una voz que con marcado acento catalán, se trata de un gallego afincado en Barcelona, pregunta sin motivo aparente si hay españoles de la tierriña entre los caminantes que realizan la ascensión. Respuesta afirmativa, como no puede ser de otro modo. Si hay un gallego en la luna como no lo va a haber por estos lares.

La roca tallada marca el camino, que no es fácil ya que en su pendiente pesan los kilómetros y las alturas ya recorridas. Un camino agreste da paso de forma sorprendente a multitud de construcciones de intrincada conexión y cuya existencia en semejante lugar no puede por menos que maravillarnos por la evidente dificultad de su establecimiento y que no se distinguen desde la base. Centros ceremoniales y tal vez repositorios de tumbas, conexiones directas con las deidades incas marcan el acceso final a la cumbre.
Es curioso, al llegar a la Ciudad Olvidada lo primero que llama la atención es la armonía con que se integran las líneas humanas y las de la Naturaleza, pero la visión que se tiene desde arriba nos hace dudar de nuestra idea de la proporción al reducir a un tamaño diminuto las construcciones que dejamos al inicio de la subida. El pico no parecía tan alto.

Multitud de viajeros se juntan al final haciendo turno para sacarse la fotografía, a falta de compostelana, que los acredita como ascendentes y visitantes del lugar. No queda otro remedio que compartirlo, es de todos y todos pueden estar allí.
La idea no es quedarse a vivir así que toca regresar, pero como en una ascensión en toda regla a una cumbre andina la bajada es más dificultosa y entraña más riesgos que la subida. Hay dos maneras de recorrerla: en línea recta y sin paradas como una piedra movida por la ley de gravedad o paso a paso, mirando donde pones los pies y moviéndote de costado porque los escalones no dan para que apoyes la planta totalmente. En la siguiente imagen no estás mirando de frente, sino hacia abajo.
Es el precio que los dioses incas nos obligan a pagar. Llegamos erguidos orgullosamente por haber superado la Prueba, olvidando rendirles homenaje en su propio hogar. Por ello regresamos agachados con humildad, palpando cada piedra y rogando no dar un mal paso que nos convierta en carroña despreciada por algún felino guardián.